jueves, diciembre 15, 2011

Aniversario.
Poco a poco el cigarro se consumía en el cenicero. Mientras un disco sonaba sin parar en el reproductor, la botella de vino destilaba las gotas de frío sobre la mesa de estar. Ubicada en el centro de la biblioteca. Robert, agitaba el licor dentro de la copa con un movimiento circular de su mano, mientras luchaba con la pesadez en los parpados. Había sido un día difícil y lleno de recuerdos, que requería de un ambiente fuera de estímulos que llamaran a la nostalgia. Mientras perdía la batalla contra el sueño, a su lado se posó Rebecca. Entró sigilosa, como gato, preguntándole cuándo volvería a la cama. Fue en ese momento cuando todo rastro de cansancio desapareció del rostro de Robert. Al verla ahí, tan bella como el día que la conoció. Su pelo negro caía sobre sus hombros, ojos ámbar que se iluminaban con la escasa luz que proveía el cuarto, descalza, ataviada con un sencillo mono y una camisita para dormir que coqueteaba con la imaginación al translucir tímidamente el ocre de sus pezones. Sí, era su esposa, la mujer de su vida.
Robert no quería olvidar esa imagen. Quería recordarla así, como una musa que iluminaba el camino que habían decidido recorrer juntos. Mi vida, vas amanecer con dolor de espalda y cuello
si sigues durmiendo en ese sillón ¿Por qué no vuelves a la cama? –Inquirió Rebecca tras ponerse a su espalda y rodearlo con sus brazos - Sabes que no ha sido un día fácil, y necesitaba dejar escapar algo de presión en mi cabeza para conciliar el sueño. Robert vio sus ojos y la besó. Sabía que esos momentos eran los generadores del cariño y respeto que se habían prometido desde hacía 15 años. ¿Sabes qué me estaba acordando? Del día en que nos conocimos, ¿lo recuerdas? –Preguntó él, mientras ella bordeaba el sillón y se sentaba en la mesita que reposaba en el centro de la habitación- Roberto, ¿cómo puedes seguir recordando eso? Ha pasado mucho tiempo, y podemos asegurar con propiedad, que ya soy tuya.
Fue una mañana de enero, de esas en que Caracas es envuelta entre un frío que no es polar pero tampoco permite olvidar el suéter en casa. Robert tenía 23 años, y trataba de entrar al metro para ir al trabajo. Entre esa muchedumbre notó un simple cintillo rojo sobre una cabellera negra. Sus ojos, intrigados por la simplicidad de esa combinación siguieron observando la escena. Sin percatarse que sus pies poco a poco caminaban hasta la dueña de la visión. Se encontró entonces, al lado de una muchacha que rondaba los 20 años. Piel tersa y luminosa como el Sol. Con un morral lleno, que denotaba que iba a la universidad o también al trabajo. Él no podía dejar de pasar esa oportunidad, tenía que hablar con ella, así fuera para preguntarle la hora. Pero el tren llegó, y con ese momento, la histeria de una población tratando de llenar los vagones a su máxima capacidad. Así, tan rápido como observó a aquella muchacha, se le perdió entre la multitud.
Ese día no fue fácil para Robert. Su mente seguía rondando en aquel cintillo rojo. E n la tarde, como de costumbre salió del trabajo directo al metro para volver a casa. Luchó contra la misma multitud, que parecía reproducirse por horas dentro del subterráneo, para ingresar a un vagón. Pasaron tres estaciones cuando volvió a ver el mismo cintillo. Su corazón acelerado, no tuvo complacencias al pasar por encima de la veintena de personas que lo separaban de aquella visión. Muchas personas salieron con pies pisados ese día. Pero al fin, Robert logró colocarse al lado de la muchacha del morral. Su entrada fue fácil, casi como caída del cielo, ella leía sin complacencia una selección de los mejores cuentos de Cortázar. Él, terminando estudios en Letras, supo armarse de valor para recomendarle un cuento. Lee: “La Autopista del Sur”, es uno de los mejores cuentos de Cortázar –soltó mientras la vocecita mecánica del vagón anunciaba la estación Chacaito- Ella levantó la mirada, un poco consternada por lo que había escuchado. No sabía siagradecer el gesto o ignorar a otro loco que se encontraba en la calle- Muchas gracias. Sí, ya lo leí y es muy bueno.
Llegaron hasta la estación Plaza Venezuela, ambos preparándose para bajar. Robert no sabía qué más decir, mientras la gente se arremolinaba en las puertas para salir. Como una catarata, el flujo de gente fue fulminante. Dos corrientes tratando de ir en sentidos contrarios, chocaban en lo que se llama la hora pico caraqueña. Fue cuando él vio en el piso un extraño objeto, la muchacha había botado su cintillo rojo, que rondaba sin prohibiciones entre pies desconocidos. Como pudo, Robert logró tomarlo y subió la mirada para ver si la veía. Busco, hasta que la vio hurgando en su bolso. ¡Hey! Chica Cortázar, ¿se te perdió esto? –Dijo mientras le daba el cintillo- ¡Muchas gracias! Ya estaba buscando una liga para amarrarme el pelo. ¿Cómo has logrado recuperarlo en ese mar de gente? –Inquirió ella mientras agitaba su pelo para tratar de colocar el cintillo en su lugar- Digamos que tengo una súper visión y he podido recuperarlo. Ninguno de los dos se explica el resultado de un simple encuentro. Muchas veces la vida sí funciona a través de lo cursi o de las situaciones de películas, pero ese día terminaron conversando en aquella estación por dos horas.
¿Te acuerdas Becca? Trataba de sacar a relucir cualquier tema para que no te fueras. Temía que estuvieras fastidiada, y por tu amabilidad no me decías que me fuera a la mierda –dijo mientras sorbía un poco del vino caliente que reposaba en la copa- En realidad, al principio quería cortar por lo sano, y sólo darte las gracias. Pero eres un condenado, tienes tanta labia que lograste enamorarme con tus palabras. Y no te lo niego, me parecías lindo. Robert siempre sonreía con esa respuesta, sabía que no era ningún galán, pero con su esposa siempre procuró enamorarla todos los días. Era algo que le salía innato. Vamos mi amor, es tarde. Vuelve a la cama, que no me
gusta dormir sola –dijo mientras se levantaba de la mesa- Vale, déjame terminar esta copa y subo. Con una sonrisa y picándole un ojo. Lo abrazo y desapareció entre la puerta de la biblioteca. Robert no sabe en qué momento se quedó dormido sobre el sillón.
Por la mañana, despertó con dolor en la espalda, como su esposa se lo había advertido. Se bañó, busco en el clóset su mejor traje y se lo puso. Salió temprano para no despertar a nadie, mientras que en el bolsillo interno de su chaqueta llevaba aquél cintillo rojo. En el carro tenía unas margaritas que había comprado el día anterior. Se puso en marcha para encontrarse con su esposa. Llegó al cementerio justo cuando el Sol ofrece los rayos más amables del día. Retiró las flores que había dejado hace 3 días, y colocó las nuevas. Parado frente a la lápida gris y lánguida,
exclamó: ¡Feliz aniversario Becca! Anoche me visitaste amor. Gracias por eso.
J. Díaz.

jueves, junio 30, 2011

Carta N°9
Te escribo entre las sombras. A la luz de una vela, que bambolea su luz con la ayuda del viento gélido que llega del norte. Sobre una mesa que destila los años de lana y aceites que se posaron sobre ella, y apoyado en una silla que vivió mejores momentos. Sí, en este escenario me dispongo a escribir la carta que esperas.
No, esto no es cierto. Te pinto dicho panorama para que sepas que Lhasa, capital del Tíbet, no ha escapado de la tecnología. Dos veces al día nos llega la señal para poder revisar correos electrónicos, y alguna que otra página de compras en línea que los monjes desean conocer. Sí, desde el techo del mundo, no se pierde el sentido de la realidad. Desde aquí, a 18 horas de vuelo de tu sonrisa, sigo pensando en ti.
La concepción es extraña. Vine en busca de paz mental, y la falta de medios de comunicación o de las fotos que dejé en mi cámara (contigo a mi lado), no colaboran con el objetivo. Por eso te escribo, sin papel ni lápiz. Frente a una pantalla en blanco que titila cada vez que me detengo a pensar una idea. Imaginando que palabra por palabra será digerida como un sentimiento de esperanza o la culminación de algo que nunca empezó. Desde aquí, entre rezos nocturnos y temperaturas bajo cero, estoy seguro de extrañarte a rabiar. Por supuesto, las cosas son simples, muy simples. Porque cuando aprendes a ver más allá de lo obvio, te das cuenta que las respuestas están a simple vista. Verdades crudas, indiscretas y sin escrúpulos, que dejan claro las reglas del juego. No hay amor. No hay pérdida de los sentidos. No se otorgan concepciones. No hay química. Señales que evitan los accidentes, o que tomemos una maleta y nos larguemos al fin del planeta. Créeme, lo aprendí el primer día que llegué aquí.
He destilado entonces la percepción de mis emociones. Comprendido que no me quieres más allá de darte consejos de vida (que no comprendes), palmadas en la espalda por un trabajo bien hecho o compartir entre copas las travesuras de tu corazón. Una amistad que evoluciona al trato familiar de dos personas que no son de la misma sangre. A través de los cambios de las corrientes de aire que recorren las montañas de China, me he despojado de los tapujos, para decirte con propiedad que ya tengo suficientes amigos, y que mis deseos nos llevan a la cama para arrugar sábanas. Yo preparándote el desayuno, y siempre que pueda, corriendo a besarte cuando empiece la lluvia. Sí, cumpliendo esos clichés de literatura que nos dan esas sonrisas idiotas de por vida. Tuve que identificar ante una estatua de Buda, que no estoy dispuesto a soportar más decepciones, porque ante la juventud que me acompaña, no vale la pena perder tiempo en callejones sin salida.
Sí, todavía te extraño. Sí, me acuerdo de los roces de tu mano sobre mi pierna. De los vaivenes de tu pelo por la brisa de verano. Y de esa sonrisa que me acompañó en los viajes que hice para conocerte. Pero no más. Vuelvo al país con la decisión firme de pactar con el futuro. De hacer un trato con la soledad. Donde ambas partes puedan coexistir sin la necesidad de abrir muchas botellas de vino. De no conformarme con felicidades efímeras, que lo único que hacen es agregar parches a mi cerebro. Saber que los humanos somos valiosos, cuando sabemos apreciar nuestra personalidad y defenderla de los corazones mezquinos. Sí, aún te extraño, pero no volveré a tomar un avión para olvidarte. Me quedo en los límites de la cordura, y dejaré que la locura se escape, cuando sea la hora de corresponder los sentimientos adecuados.
No, no me volví un robot, y mucho menos un desalmado. Pienso que las cosas se me presentan con mayor claridad, y he adoptado el lema: “vive y deja vivir”. Donde usted podrá ser feliz, sin la necesidad de robarme horas de sueños, palabras de aliento y días de camino. Empiezo por decirle a mi consciencia que se quede tranquila, y a mi alma que deje el sufrimiento. La vida no se determina por los “no te quiero”, sino por los “yo sí puedo”. Es por eso que partimos en igualdad de posiciones, donde yo sé que causé impacto en tu mirada, como usted en la mía. Vamos entonces a ser felices, a jugar con el destino, y por sobre todo, a contemplar las noches de luna llena, sin preguntarnos dónde estarás y por qué no estás a mi lado. Preguntas a las que sabemos respuestas, pero no salen de nuestro cronograma de ilusiones.
Jefferson Díaz.

lunes, junio 20, 2011

Al Tíbet por una mujer
Los monjes tibetanos tienen una tradición para sus iniciados. Antes de instruirlos en la meditación y el rezo, piden despojar de todos los metales y posesiones que carga el candidato. Después de dicho proceso, le piden que escriba su testamento. Y es que los monjes piensan que a través de la muerte espiritual (porque la muerte es lo más seguro que tiene el hombre) se llegará a un estado de paz mental, que permitirá a la persona alcanzar su máximo potencial. Con ese papel, demuestran al aprendiz las futilidades de su vida y el camino que debe seguir para la iluminación. Entonces, el monje se transforma en una persona muy consciente de su entorno, no percibe las cosas como malas o buenas, sino como condiciones de la existencia humana. Protegiendo así su espíritu, y evitando la infelicidad. Suena muy convincente, ¿verdad?
Pero como todo en la vida. Hay un pero para el estilo de vida del monje. Como si de un drogadicto se tratara, el iniciado debe someterse a duras pruebas de abstinencia (y no me refiero sólo al sexo) donde pierde contacto con una sociedad que se ha deshumanizado. Aprende a escuchar su voz interior, y recibe las respuestas necesarias en forma de vivencias. Ejemplos de cómo debe ser la armonía entre cuerpo y mente. Una vez alcanzado ese nivel, podrá superar las pruebas más duras a través de la oración. Lo más preciado para los monjes es la paz interior. Con esta pequeña introducción, yo pregunto: ¿podemos alcanzar esa meta?
No me he metido a monje (todavía) y no pienso hacerlo. Sin embargo es interesante analizar como seres, de la misma especie, son capaces de conllevar una vida próspera y feliz, sin la necesidad de darse tanta mala vida. Lo digo en criollo para dar mejor entendimiento a mis lectores. Confieso que desde hace rato busco esa calma interior; sonará muy existencialista, o como algunos amigos dicen: “EMO”, de mi parte. Pero, ¿no es eso lo que todos queremos? Esa estabilidad que nos permita levantarnos activos en la mañana, y con la mente tranquila, nos lleve a dormir por la noche. Como verán, y por la hora que siempre realizo mis escritos, no tengo esa herramienta de vida que me permita despreciar el estilo de vida tibetano. Me da una envidia atroz no poder enfocarme en lo que realmente importa, y seguir dando paso a la desilusión sin importar el costo. Observo como unas personas, con túnicas de color rojo y amarillo, son devotos de la oración, agricultura, pesca, estudio y meditación (además de pelear a rabiar por su territorio) viéndose realmente felices. Ante un mundo que se sigue hundiendo entre la tecnología y la falsa percepción del amor. Sólo yo tendré esa visión de mundo, o como piensa mi madre: me volví hippie.
Seguro, no soy quien para sermonear sobre el asunto. Y es que a la hora de la verdad, todos vemos la vida de una manera diferente. Pero, las cosas son más sencillas de lo que parecen. Siempre te dicen: se responsable, enfócate en tus metas, estudia y serás exitoso, no dejes que las personas te disminuyan, aprende a reconocer lo bueno, pon los pies sobre la tierra, y mi favorita: ya verás que con el tiempo todo se olvida. Pues no, no se olvida. Somos humanos, y está en nosotros la necesidad patológica de no olvidar. De ver siempre al pasado, y como dije anteriormente, darnos mala vida.
Confieso que empecé a envidiar la vida de los monjes por una mujer. Lo sé, lo sé, esa afirmación me convierte en un cliché andante. Pero pinten este escenario: ustedes son personas confiadas, capaces y emprendedoras. No permiten que las pequeñeces de la vida los destruyan y luchan por sus sueños. Son profesionales, familiares y buscan un éxito sin límites. Hasta ahora, viven de acuerdo a sus expectativas de vida. Se dicen que nunca se dejarán influenciar por alguien. Y es que, ¿por qué hacerlo? Eso es de personas débiles. De repente ¡ZAS¡ Ocurre lo impensable. Se enamoran, y empieza la tortuosa dicha de la felicidad. Sea correspondido, o no. El amor representa una gran barrera, y no se los digo por ser Grinch, sino que es empezar a dar concesiones por otra persona, que nunca imaginamos incluir en nuestro futuro.
Las cosas se ponen interesantes. Porque la cotidianidad cambia, y nos volvemos seres dependientes de otra personalidad. Por mucho que luchemos, por muy duros que creamos ser, al tener esa adición en nuestras vidas, sufriremos poco a poco. Vamos, si hasta Hitler amó con locura a Eva Braum. Y vaya que ese tipo era un hijo ‘e su madre. Es entonces cuando el que escribe, se hizo el planteamiento de la paz interior. De no permitir que nada ni nadie, desgarre tu felicidad. De alejar los términos soledad, e indeseado, del diccionario. De saber que hay cosas más importantes, que reparar un corazón roto. Saber que cuando hay equilibrio, las cosas caen por su mismo peso. Entonces se decide, desensibilizarse ante las situaciones trágicas y felices de la vida. Buscar soluciones concretas a los problemas, y labrar un camino exitoso a punta de sacrificios y fortaleza, para mantener nuestras decisiones. Reconocer que nadie es mejor que nadie, y que todos merecen una verdadera felicidad.
Pensando en lo del testamento. No estoy seguro de que lo haría de esa manera. Más bien le escribiría una carta a mi antiguo yo, y a la causa (llámese damisela de los tormentos) que me puso en esa situación. Para leerla cada vez que vengan momentos débiles. Para obviar a todas esas personas que te dicen “no te sigas haciendo daño”, “lo mejor es lo que pasa”, “no era para ti”, y otra de mis favoritas “verás que lo bueno está por llegar”. Decir que se dejen de idioteces, que los sueños están para perseguirlos mientras estamos despiertos. Que la mejor respuesta es un no, dicho a tiempo. Que las cordialidades aún pueden enamorar. Que estamos destinados a vivir en pareja, porque de ahí venimos. Que nunca debemos perder nuestra personalidad. Que el amor es enorme, pero no más importante que nuestra dignidad. Que las cosas se resuelven con palabras directas, y no con el susurro de una mentira infinita.
Como dijo el Libertador una vez sobre la paz: “Donde te halles, allí mi alma hallará el alivio de tu presencia aunque lejana”. Y si él lo dijo, ¿por qué yo no puedo hacer lo mismo?
Jefferson Díaz.

jueves, mayo 26, 2011

Tabú




Cada vez se me hace más difícil escribir. Pasó días y días madurando una idea, pero cuando estoy frente a la página en blanco, no sale nada. Quizá es lo peor que puede pasarle a un escritor, quizá es mi mente aconsejando que me dediqué a otra cosa o quizá, es una manera de ir cocinando las palabras que podrían marcar mi futuro. ¿Tengo cosas interesantes que decir? ¿La gente valorará mi trabajo? ¿Puede un escritor sobrevivir en una época donde la sensibilización del ser humano es casi nula? No tengo las respuestas necesarias. Sin embargo, de algo estoy seguro: así sea escribiendo menús para restaurantes de comida rápida, escribir siempre será mi profesión.

Todo pasa por aceptar lo que queremos, y perseguir con todas nuestras fuerzas el éxito. Observando el pasado, nos encontramos con ejemplos de personas que dieron un cambio a sus vidas en el momento menos oportuno. Hoy en día, son ejemplos para la sociedad. Entonces, me colocaré una venda y saltaré a lo desconocido. Qué importa lo que diga un universo donde debes seguir unos requisitos para que la chica bonita te quiera, o la empresa multimillonaria te contrate. Lo que es valioso son los mecanismos que uses para obtener tu felicidad. Porque estoy seguro que en este momento, en alguna playa de Venezuela, hay un vendedor de artesanía más feliz que yo. Son esas acciones para combatir la rutina, que nos hacen verdaderos guerreros del destino.

Pienso que siempre hay una gasolina especial que nos hace andar. Más allá del amor incondicional de nuestra familia, en determinado momentos conocemos personas capaces de hacer relucir nuestro verdadero potencial. Son esas criaturas dispuestas a querernos, amarnos, odiarnos, ser sinceras y tocar las teclas necesarias para que vivamos entre la tierra y el cielo. Como aquella muchacha que muy pronto, se convertirá en la amiga que siempre querremos así se interponga la distancia, o la joven que con sus locuras y puntos de vista imaginativos, nos impulsa en todo momento para ser un mejor hombre. La belleza que vive en el desierto venezolano del corazón. ¿Suena muy cursi? Vamos por buen camino entonces. Porque soy el primer partidario de que la humanidad perdió el rumbo de sus sentidos y sentimientos.

Como figuras robotizadas caminamos sobre tejas de concreto. Cuidando de que la estructura de nuestra ambición no colapse por derramar una lágrima o permitir decir un te quiero. Somos los idiotas racionales, que dependemos de la duración de nuestras cuentas bancarias y lo que diga el colectivo, para ser felices en un mundo que poco a poco se va desgastando. Y nos preocupamos por meteoritos, terremotos o el fin del mundo. Sin entender que desde hace mucho tiempo, nosotros somos las herramientas perfectas de nuestra destrucción. Aunque, ante tanto análisis, surge una pregunta muy importante: ¿lo abandono todo y me meto a hippie? No, claro que no, pero hay maneras de ser exitosos, sin ser analfabetas funcionales.

No es cuestión de imponer gustos, pero sí de seguir reglas básicas de vida. Primero, nunca hagas lo que no te gusta que te hagan. Segundo, no permitas que tu engaño personal afecte la vida de los demás. Tercero, vive y deja vivir. Cuarto, conoce tu personalidad, asume tus límites y verás que las cosas resultan más fáciles. Cinco, asume responsabilidades. Seis, a veces la solución más sencilla es la correcta. Séptimo, no dejes que nadie te mire por encima del hombro. Ok, de repente es un mantra bastante personal. Son los pasos que sigo a diario. Pero, que ideal sería que gran parte de las personas pudieran recapacitar sobre su propia existencia. Respirar por cinco minutos, y darse cuenta que la vida no es un destino sino un camino. Que todos esos consejos repetitivos que escuchamos a sacerdotes, gurús, guías espirituales y cuanto loco hay por la calle, fueron redactados por una razón. Ser felices.

Esto ya empieza a sonar como guía de autoayuda, o algo por el estilo. En verdad, que todos los dioses del mundo me libren de alguna vez escribir tonterías comerciales para complacer a las mayorías. Uno debe hablar del corazón a la hora de sincerarse. Plasmar sin miedos la semblanza de un humano que se cansó de que lo encasillaran con un título universitario, una novia que no llega y un éxito que se debe madurar para poder hacer alarde de él. Por eso, soy como soy. Doy la vida por mi familia, todos los días le doy gracias al señor por crear a la mujer. Damas maravillosas que nos alegran la vista, y embellecen la naturaleza. Y que existan oportunidades para que la felicidad sea parte de nuestra compresión humana.

Nunca las cosas serán color de rosa, la maldad es tan cierta como que el Sol y la Luna salen siempre. Pero al manejar sólo un 20% de nuestro cerebro, no creen ustedes que somos capaces de superar las adversidades, poner a trabajar toda la materia gris y poder algún día sentarnos en algún café, en un planeta ubicado en la constelación de Andrómeda. Mientras conversamos con un extraterrestre sobre las bondades y éxitos de la humanidad. Sí, tenía que hacer referencia a los alienígenas. Así de dispuesto a romper tabús estoy.

Jefferson Díaz.

jueves, abril 28, 2011

Bipolar




Bipolar. 1. Adj. Que tiene dos polos.


Caracas se despertó como siempre, sin sutilezas. Dando la bienvenida al Sol, asomándose por la cara Este del Ávila. Preparando el clima para una mañana llena de ruidos de cornetas y transporte rebosante de gente. Se comenzaba a sentir el pegoste del calor, que a pesar de las duchas heladas y camisas de algodón, se impregnaba en la capacidad de trabajo de todos los caraqueños. De todas formas, él decidió llevarse un paraguas. Porque en esta ciudad caótica, llovía todas las tardes. El cambio climático había dejado de ser una realidad de documentales para convertirse en un compañero diario.


La rutina comenzaba con encender el televisor, sintonizar el canal de noticias, y buscar esperanzas en un país que desde hace rato perdió el rumbo. Se había acostumbrado a que los noticieros abrieran con sucesos y protestas. Era el entretenimiento de lo real, la aplicación de lo mediático para dar a conocer lo mal que estamos, pero sin ofrecer soluciones. Después tocaba el baño, a donde se iba arrastrando los pies en un apartamento muy solitario, y colosal, para un abogado. Lo bueno del divorcio es la percepción de un nuevo futuro, lo malo es que el pasado no te deja, y menos si sigues buscando un por qué a lo que salió mal. -¡Demonios!, no hay agua- Uno pensaría que en las zonas mejor acomodadas de la ciudad, los servicios son tan sólidos como las rocas, pero Caracas se burla de sus habitantes, y de vez en cuando los invita a bañarse con tobitos.


¿Qué tocaba hacer hoy? Ir a la oficina, después a los tribunales, revisar los expedientes, lidiar con los clientes, jueces, escabinos y toda esa fauna que invade al sistema judicial. Todo perdía valor cuando recordaba la familia que se le había escapado. Desde hace dos años que sus dos hijos y ex esposa -qué radical suena ese adjetivo "ex", como si algo en esta vida pudiera ser "ex"- vivían en otro país. Lo que le tocaba eran llamadas cada dos semanas para ver cómo estaban. Contactos que con el pasar del tiempo habían evolucionado a cada dos días, cada semana y ahora a 15 días. En Latinoamérica, por excelencia, el rol de papá ha quedado relegado a una función de segundo grado, o si no, que lo digan las miles de madres solteras. Un trabajo que no ha logrado recuperar la gloria del pasado. Ahora, en esta situación, lamentaba la decisión de romper una monogamía que impone el sacramento del matrimonio. Para los católicos, y sociedades occidentales, está muy mal visto lo de "montar cachos", porque no reconocemos que como mamíferos es muy difícil eso de "hasta que la muerte nos separe". Pero bueno, quién es el escritor para criticar las bases de nuestro comportamiento. Sin embargo, para nuestro abogado, el corazón se dividió entre dos mujeres, con el peor de los resultados: NADA.


Llegaba a casa, hace tres años, y sentía el calor de la familia. El abrazo de los hijos y la candidez de su esposa. Una fotografía perfecta de lo que sería la familia en nuestros sueños. Ambos trabajaban, ella como médico residente en el hospital Domingo Luciani. Lo que pasa es que el deseo, y el cariño son transformados por la rutina. Por eso, puedes amar pero dividido entre sentimientos. Lo que tocaba ahora era rehacer la vida, no dejarse engañar por el futuro y velar por el cuidado de los hijos. Lllegaba la tarde entonces, y se asomaban las primeras nubes anunciando el aguacero. Irónicamente, era su parte favorita del día. Sonreía cuando caían las primeras gotas en su rostro. Sentía que la lluvia es una manera de la naturaleza para limpiar lo malo que está en nuestro mundo. Deja tristeza, pero renovación en los brotes verdes que aparcer a lo largo de la urbe.


Buscaba la quietud de la plaza, rodeada de carros amontonados en las vías, semáforos dañados, y vendedores ambulantes. Ahí, en su mundo, sentía empaparse el alma y deslastrarse de la soledad. Su traje, el maletín y los zapatos de cuero se mojaban, pero no pesaban más que el dolor de tener que comenzar a labrar un camino desconocido. La lluvia le daba fuerzas para continuar. Así caminando hasta el metro, goteando las calles, no le importaba la mirada inquisitiva de la gente. Se sentía un hombre que reconocía sus errores, y aprendía de los sucedido. Qué no sería la primera vez que enfrentaría al machismo y feminismo de una sociedad bipolar. Qué aún quedaban muchas batallas por luchar. Pero un minuto antes de entrar al subterráneo, decidió tomar un taxi. Caracas no tiene muchos miradores, principalmente porque los que hay, tienen reputación de moteles de baja monta en horas de la noche, venta de sustancias que hacen volar a los débiles y nido de inseguridad. Sin embargo, nada de eso valía a un cuarto para las seis de la tarde. Se sentó en el piso, encendió un cigarrillo y vio como el sol se alejaba. Inundó su pecho con energía renovada, para pasar el día por día, de una vida que se pintaba difícil.


Después resolvería como volver a casa.


Jefferson.

viernes, abril 08, 2011

Olvido


Seis horas pasaron desde que volvió del aeropuerto. A pesar de destilar sudor en la frente, no había notado el intenso calor que inundaba las paredes de su cuarto. Sólo el silbido de los zancudos lo trajo de vuelta al presente, inmerso en sus recuerdos, nunca se imaginó este momento. Aún tenía las llaves del carro en la mano, los mismos zapatos deportivos y los lentes empañados por la sauna que envolvía la bruma de sus pensamientos. Sin pensarlo, salió de nuevo a la calle, a lidiar con la monotonía de una rutina que lo controlaba. Caracas, a la 1 de la mañana, es una ciudad diferente. Despiertan los seres que dan vida al lado oscuro de una urbe, que hace tiempo quedó suspendida en la evolución. Así como Dante bajó al infierno, las madrugadas caraqueñas ofrecen un panorama de la realidad venezolana. Entonces, a través de los semáforos y avenidas, nuestro personaje dejó volar la imaginación, y presionó el pedal del acelerador hasta quedar suspendido en la carretera de los sueños inconclusos. Maldecía a la cultura de la insatisfacción que estamos acostumbrados, y luchaba por no tomar el primer avión que lo llevará a su felicidad perdida. Por mucho tiempo guardó las ganas de estampar un beso, de abrazar sin ataduras y decir sin prejuicios: te amo. Pero el orgullo y la rebeldía nunca van de la mano; y por eso la realidad es la única salida. Unos cinco trabajadores del aseo se arremolinaban ante una montaña de basura. Esos desperdicios de los vivos, que tratan de quedar olvidados por la tarde, y resurgen en la mañana. Fumaban un cigarro, mientras ojeaban una revista pornográfica que algún niño –o no tan niño- había botado para evitar la charla moral de sus padres. Absorto ante una cruda revelación, se sintió vivir en La Bonanza, vertedero de los sueños de miles de personas y rodeado por zamuros dispuestos a hundirlo más en la depresión. ¿Por qué? ¿Por qué tuviste que callar lo que sentías y dejarte llevar por lo políticamente correcto? No te produjo ningún resultado, y ahora como un idiota, tratas de borrar la memoria a punta de alcohol y velocidad. Porque sí, en la capital se consigue alcohol a cualquier hora. Nuestra ciudad no puede huir de la rutina que invade a todo el país. Capitolio, Baralt, El Paraiso, autopista y hacia el Este. Mientras, deja que pasen los chiquillos que arriesgan sus vidas al convertir el asfalto local en circuitos de fórmula uno. Porque la adrenalina de tener una máquina de una tonelada y muchos caballos de fuerza, en la palma de tu mano, te hace sentir el hombre con el pene más grande del universo. ¡Malditos imbéciles! Al salir, ojea como las calles se llenan de personajes sin nombre. Muchos buscando una nueva victima, y otros, el vicio de un polvo blanco que envuelve a la luna. Así, el conductor está decidido a dejar un lado la resignación e ir directo a la acción. Olvidar, de una vez por todas, esa oportunidad que dejo escapar. Comprender que la vida es más que un juego de azar. Así se lo dijo la prostituta que se detuvo a su lado para pedirle un cigarro. Nunca es buena idea parar ante el rojo del semáforo en una ciudad tan caótica. Sin embargo, no tuvo miedo y otorgó el placer a la mujer que sin tapujos, maneja al sexo como ganancia. Porque somos así de básicos, y elementales. Los seres humanos vivimos a base de necesidades tan primordiales, que no caemos en cuenta. Por eso, tratamos de buscar interioridades a un vacío que siempre está presente. Entonces ante el amor que se va, que llega o nunca fue. Son pocas las opciones de consuelo, sólo entender que como una necesidad, se puede satisfacer. No hay que ponerle alas al carro, ni comprar un boleto, la respuesta está en manejar el sube y baja de nuestros deseos. Salía el sol por el Ávila, y tal cuál cuadro de Cabré, observó a una ciudad que lo saludaba y también le daba la espalda. Jefferson Díaz

miércoles, enero 19, 2011

Coro


Salir del trabajo emprendía una tarea titánica. Agarrar el metro, hacer dos transferencias en hora pico para después, tomar el bus que lo dejaría frente a su casa. Quizá por eso se disponía viajar, salir de esa ciudad que se ha convertido en un extraño individuo para él. Reconocer que Caracas no es toda Venezuela, y que más allá del Ávila existe un territorio que vale la pena explorar. Sin embargo, como buen citadino, las cosas quedaron para última hora: ducha, maleta, pasajes y ruta se amontonaban en su cerebro mientras pretendía ser corredor de pista y llegar a tiempo al terminal. Por poco lo deja el autobús que le enseñaría la verdadera independencia.

Primera parada. Una arepera, después de tres horas y media de camino. Viajaba de noche, porque cuando se hace sin sol, uno puede pretender que duermes en un lugar y despiertas en otro. La perfecta metáfora de una transmutación espiritual. Pero volviendo al caso, era una arepera en medio de la nada. Pareciera que en el monte venezolano siempre están estos establecimientos donde los personajes son verdaderos muertos vivientes. Con esa expresión enajenada en el rostro, preguntándose de dónde vendrás y cuál será tú destino. Al llegar todo huele a cloro, smog y un tufillo que es mejor obviar los alimentos y optar por un buen Doritos con Coca Cola. Son esas areperas que aparecen cuando los pasajeros llegan y desaparecen sin dejar rastro. Hablando de terror.

Llegar a nuevos destinos siempre eleva el instinto de supervivencia. Nos disponemos como halcones a explorar el terreno, y no dejar que noten nuestra pinta de perdidos. Con el tantra de “no me roban en Caracas, y me van a venir a joder aquí”, superamos algunos obstáculos. Sin embargo, lo que tú pienses no le importa a Venezuela, da lo mismo que sea de Hong Kong o Mucuchíes. El ambiente era ligero, con ciertos toques de brisa que recuerdan lo bien que se siente respirar sin contaminación. No había cornetas a las seis de la mañana, ni guacamayas frente a tu ventana peleando por el último fruto. Sólo un terminal a medio llenar, y la premura de encontrar un taxi para conocer al destino.

La dualidad de Coro es increíble. Por un momento sientes que estás en plena lucha de Independencia, recorriendo las calles empedradas de una ciudad que cocinó mucha de la historia venezolana, y por otro lado entras de lleno a un socialismo, que ha dejado de querer a una de las joyas de nuestro país. Catedrales, monumentos, arte y árboles muy frondosos, comparten espacios con motos, viviendas semi derruidas, congestión vehicular y alcantarillas a medio terminar. Una realidad que parece cubrir cada rincón de esta pequeña Venecia. Pero lo importante del asunto, es lo que haces con el tiempo que estés fuera de tu zona de confort.

Mucho tiempo me había tomado escribir esta crónica, y como uno a veces es esclavo de lo que calla, lo mejor es no dejar pasar las oportunidades en que la ganas de escribir te pegan con fuerza. Viajar a esa ciudad significó varios puntos de no retorno para un camino que aún está forjándose. Acumulo una cantidad de recuerdos que sirven de gasolina, para encontrar las fuerzas del futuro. Y mientras yacía sentado sobre un banco, en alguna plaza falconiana, comiendo chupeta y mirando el cielo. Podía ver como el vaivén de las ramas, que constituyen el alma de un árbol, anunciaban que el ser humano es movimiento y como el viento debemos explorar más que nuestros propios sentimientos. Son enseñanzas que muy pocas veces se consiguen en una capital minada de cornetazos y política.

Mi saludo para los que se desarrollan en uno de los primeros asentamientos de Venezuela, en ese pedacito de tierra considerado por la Unesco como patrimonio de la humanidad, son novedades que pocos saben porque sinceramente no quieren saberlo. Son viajes que deben repetirse muchas veces, como una buena película, donde encuentras detalles cada vez que la retomas. Son experiencias que capacitan los sentidos y nos hacen madurar. Así, mientras caminas cuadras interminables para encontrar un cajero que sirva, y te repites, cual loco que habla solo por la calle: “esta vaina en Caracas no pasa”, se te olvida que en realidad sí pasa, sólo que ya te acostumbraste a vivir en un caos, y ahora estás en otro. Porque por mucha tranquilidad, siempre trasladaremos nuestros pesares en la maleta.

A menos que decidas quitarte la camisa, arremangarte los pantalones y lanzarte por la arena. Dejando que las caricias de unos medanos se lleven tus problemas.

Jefferson Díaz.

martes, diciembre 14, 2010

Del cubano al mandarín



Frente a mi edificio hay un árbol. No me pregunten que tipo es, sólo sé que en las mañanas las guacamayas se posan sobre sus ramas para comer los frutos, y por las noches, los murciélagos encuentran cobijo. Sí, es un árbol lleno de vida. Sin embargo, hace un tiempo, se mandó una solicitud a la alcaldía del municipio Libertador para que podaran sus ramas. Y es que los bachacos, las hormigas y, a veces, uno que otro invitado no deseado, entran a los apartamentos. Créanme, no es nada bonito escuchar en la madrugada alguien que grita como un energúmeno porque un murciélago revolotea en la lámpara. Fue un simple requerimiento civil, que piden los habitantes de mi edificio. ¿Hace cuánto se hizo la solicitud? Pues vamos para dos años.

Como en el amor, cuando los pequeños detalles no empiezan a fluir, quiere decir que las cosas están muy mal. Así pasa con Venezuela, donde los mínimos requerimientos de sociedad organizada han quedado en el abandono. Dando paso al populismo. Pienso que mi generación –yo nací en 1986- conoce muy bien esas imágenes de políticos besando viejitas y cargando muchachitos. No nos pueden engañar con el mismo mensaje de “conozco al pueblo, porque vengo del pueblo”. Las cosas ahora funcionan de una manera diferente, porque la política se hace a través de la concesión de beneficios que antes se creían imposibles. Tú que no tenías un carro, ahora lo tienes. Usted que quería una casa, el gobierno se la construye. Todos que buscamos un buen empleo, el Estado socialista te lo brinda. Suena muy bonito, ¿verdad? Pero la realidad es distinta. Como Dorian Grey cuando la vendió su alma al diablo, la población venezolana ha caído en una de las trampas más viejas del planeta: “Pan y circo. Pan y circo”.

Son 11 años, que se han solidificado en una expectativa de cambio que no se levantó en 40 años de democracia. Si bien, fuimos uno de los países más sólidos en protección de las libertades primordiales, el crecimiento humano sólo se percibió en un pequeño grupo de clases. Eso hay que admitirlo. Y como buenos latinos, al ver la oportunidad de tener un Moisés que nos mostrara la tierra prometida, saltamos al “éxito”. Ahora estamos a merced de un sátrapa y su cuerda de secuaces, que han convertido a esta tierra en su feudo personal.

Resolución. ¿Sabemos lo que está pasando? Sí, quiero ser optimista y pensar que tenemos conocimiento de lo que pasa. Pero entonces, por qué no hacemos algo por mejorar nuestra tierra. Es sencillo. Los venezolanos sólo nos interesamos por las cosas que nos convienen. No tenemos memoria histórica, y afortunadamente, funcionamos como bloque cuando ocurre una tragedia. Crecimos con la percepción de que el más vivo logra sobrevivir, y que el guapetón del barrio se queda con las niñas más bonitas. Por eso tenemos el gobierno que tenemos. Y cuando todo se pone mal, la solución es abandonar el barco. Como ratas.

Con esto no quiero herir ninguna susceptibilidad. Todas las personas tienen el derecho de buscar el mejor futuro. Sin embargo, hasta que no haya uno que se pare con dos pies firmes y se enfrente al régimen. Haciendo frente a las consecuencias. Entonces continuaremos en este espiral enfermizo.

Ustedes dirán: con tan buena voz y mandando a cantar. Pues sí, puede que ese sea el objetivo principal de estas líneas. Pero, antes de empezar a cortar cabezas, recordemos quiénes han sido los ejes de poder en este país. Los que tienen con que invertir en la política. Con la notable excepción de la nueva boliburguesía. Venezuela siempre fue manejada por los ricos y famosos del show business electoral. Aquellos que los rojitos llaman descendientes del Pacto de Punto Fijo. Personas calculadas, que habían invertido sus fortunas en ser regentes de una nación. Y como la historia es cíclica, ahora tenemos una nueva camada de líderes, que a punta de petrodólares, convenios con países de dudosa reputación y besando viejitas, se ganan las puertas de Miraflores.

No somos estúpidos, pero pecamos por omisión. Sabemos quien es el funcionario corrupto, pero mientras eso no afecte mis tres comidas diarias, no me involucro. Es así que para el ciudadano de pie, le parece tan ajeno el mundo que se muestra a través de los medios de comunicación. Esos personajes que salen en la televisión: gobernadores, alcaldes, concejales, diputados y presidente; son seres que viven en otra dimensión y no tienen nada que ver con el trabajo que hago todos los días. Cuán equivocados estamos. Porque, para los que no se acuerdan de biología de bachillerato, estamos en una relación simbiótica. Donde todos los elementos del proceso están involucrados.

Un ejemplo, el más mencionado por todos. La regaladera de plata al exterior. Nuestro flamante gobierno se ha dado a la tarea de dejar unos milloncitos por Bolivia, otros por Nicaragua, y la bóveda mayor está en Cuba. Dinero que si bien no está en tu banco, te pertenece, porque salió de la tierra donde naciste. Entonces como ciudadanos razonables, deberíamos pedir cuentas de lo que se invierte en el país. Dónde están esos millones para construir casas, y por qué carajo tenemos que estar metiendo a damnificados en el palacio presidencial. Eso no es solidaridad, eso se llama improvisación. También la oposición debe aprender, terminar de borrar esos errores que nos han dejado en la miseria. Ya está bueno con pensamientos mediocres y vetustos. A mi no me importa verte con el barro hasta la coronilla, lo que quiero es que te pongas a trabajar y dejes la propaganda política. Así ganas más votos. Créeme.

Petición. ¿Qué quiero? Eso es fácil: ser feliz. Asegurar el mejor de los éxitos para mi familia en el país que me vio crecer. Que la inseguridad se resuma a eventos de disociados, y no sea la divisa de todos los días. Que la seguridad social funcione como reloj suizo. Y que, por favor, me vengan a cortar las ramas del arbolito cuando se los pido. No es una utopía señores. Tampoco estoy en drogas. No hay que ir lejos para tener ejemplos de países que supieron levantarse de sus cenizas.

Ningún espacio en este planeta es de color de rosa. Pero no hay que vivir siempre en la porquería, para entender que podemos lograr más. Entonces, el cambio empieza por el hogar. Si, como lo leen, por tu casa. Hay que empezar a debatir los problemas sociales, crear una consciencia ciudadana entre los jóvenes, y una disposición a cuidar los bienes públicos. Hacer entender que los que nos mandan, deben rendirnos cuentas, porque a la hora de la chiquita, están en el poder por nosotros. La sociedad no es el último eslabón de la cadena, somos el primero, el del medio y el final. Que el estudio, es la mejor vía para el progreso. Y que no hace falta la opresión, para obtener nuestro éxito.

Está bien, está bien. No todos somos moneditas de oro. Siempre habrá la manzana podrida. Pero en una democracia bien aceitada, a esa oveja negra le costará mucho robarse el pasto de otros pastizales. Ahí los delincuentes dejarán de ser la mayoría, para convertirse en una minoría que siempre está dando dolores de cabeza. Así se enfoca el país que quiero, donde los ciudadanos tengan la mayor cantidad de felicidad, sin que la estructura de la nación esté en retroceso. Claro, también hay que inculcar la capacidad de trabajo. Donde gobierno y sociedad trabajen de la mano para la construcción de un sendero bien empedrado. Por ahí hay un verso que dice: “dadle el pescado, y comerán un día. Enseñadles a pescar, y comerán toda la vida” Esa es la noción que se busca, y la que precisamente nos han quitado.

Comunicación. Empecemos con esta frase: “la libertad de expresión es la base de los derechos humanos y la madre de la verdad, y su supresión equivale a pisotear los derechos humanos, asfixiar la naturaleza humana y oprimir la verdad”. ¿Quién la dijo? Pues Liu Xiaobo, el flamante premio Nobel de la Paz 2010. Quien tuvo que imaginarse su premiación desde una cárcel. Acusado por el gobierno chino de rebelarse contra los poderes del Estado. Sólo por pedir que se respeten los derechos humanos.

Estos problemas nos parecían tan ajenos, tan remotos, tan fuera de nuestro país de playas paradisíacas y mujeres hermosas. Pero ahora vemos como la televisión es una “herramienta del Imperio”, y el Internet se ha convertido en “arma de los oligarcas”. ¡Por Dios! ¿De dónde salen tantas sandeces? Porque eso es lo que es, estupideces de personas que se quedaron en la edad de piedra. Que no comprenden que para mantener el poder, hay que permitir que sea criticado. Tanto que adoran sus cúmulos de mandato, y hacen lo contrario para conservarlos. Silenciando las voces de la diferencia, no logras el control. Es lo contrario, armas una bomba de tiempo que te explotará en cualquier momento.

Ahora se quiere regular la Web. Los mensajes que se envíe de manera general, e inciten al odio contra altos funcionarios. También los comentarios anónimos, e imágenes que sean ofensivas al público en general. Por favor, ¿con qué moral? No hay nada más ofensivo que ver a unas personas muriéndose de hambre, y un desgraciado paseando en su vehículo todo terreno, rodeado de guardaespaldas, prometiendo villas y castillos. Pues me niego, sí, como lo ven, me niego a moderar mis palabras. No caeré nunca en ese jueguito de miedo, en el que se quieren meter en mi casa y controlar lo que veo y no veo. Como dice un pana: “tendrán que convertir al estado Bolívar en una cárcel para meternos a todos presos. Porque seremos hackers” No me da la gana de que tú te quieras pagar y darte le vuelto. ¿Anarquía? No hermano, eso se llama sentido común. Por favor sé inteligente, si en 11 años no pudiste reconstruir Vargas, crees que podrás controlar todas las páginas de Internet. Ni China o Estados Unidos lo han logrado.

Porque mi hermano de tres años lo vale. Porque para irme de aquí, tendrán que botarme. No pienso regalar mi país a una cuerda de cobardes. Porque llega un momento en que las balas y golpes de fusil no duelen. Lo que más duele es ver que todo se va por el inodoro y no hacemos nada. ¿Incitación al odio? Lee entre líneas de la mejor manera que te plazca. No necesito de un arma para hacer ver a la gente lo inútiles que son. Desde mi casa, desde la oficina y caminando, se enseña a la gente que este camino no es el correcto. Que para comer tres veces al día, no hay que ponerse una boina roja. Que estamos hartos de tu magnicidio, y que me importa tres pepinos lo que digan en Cuba. Aquí se habla VENEZOLANO, y usted se olvido hace tiempo de eso.


viernes, noviembre 05, 2010

Crónica de un estopero


Una de las escenas que siempre recuerdo, es la de apertura en Amadeus. De cómo Salieri atormentado por sus demonios, se culpa de la muerte de Mozart. Al fondo, con la potencia de cien soles, suena Requiem. La composición inconclusa de un prodigio de la música, que mantuvo una pasión sostenida por su talento. Mozart es, y seguirá siendo, un símbolo de lo que el hombre puede lograr siguiendo sus instintos. Y es que la música llena el alma, es una de las tantas maneras en que nos comunicamos con Dios. Para los que no poseemos el don, nos toca disfrutar, maravillarnos con los milagros acompasados que salen de las guitarras, baterías, teclados y voces que se conectan con lo más simple de nuestro ser. Personificamos a Zeus en la tierra, y subimos al Olimpo, para deleitarnos con las caricias de las Musas, protectoras de las artes.

Más allá de lo barroco de estas líneas, soy fiel partidario que sin el arte el hombre no podría sobrevivir. Somos esclavos de nuestros deseos, y los expresamos a través de las más simples formas. Pintura, escultura, escritura, música, teatro, cine, poesía; las siete artes unidas para el desarrollo de una sociedad que se ha perdido entre la tecnología y la inmediatez. Usted no podrá apreciar un libro, pero se desvive por la novena de Beethoven o un “Imagine” sonando a todo volumen. Honrando al gran Lennon. Observando las pinceladas de un Pollock, o la ergonometría que nos plantea Picasso en su Guernica. Elementos que ni siquiera la mente más distanciada de lo artístico, puede obviar. Nosotros somos los constructores de nuestro conocimiento, y quedará en nuestras manos, labrar el camino correcto. Recorriendo los laberintos que custodian los éxitos pasados, presentes y futuros. La humanidad sumida entre lo majestuosos y la barbarie.

¿Cuál es el punto? ¿Dónde se une el camino? Pues, siempre he tratado de ser muy ecléctico con los gustos musicales. Mi literatura abarca desde Platón hasta Urbe Bikini. Sin olvidar que disfruto la obra de Edvard Munch, hasta los trazos de Cabré. El mundo es una bandeja que ofrece frutos de virtud y espíritu. No seamos girasoles que se marchitan con el atardecer, mantengamos los pistilos a máxima energía, captando la esencia de un aire lleno de oportunidades. Esas puertas que se abren en los espacios menos esperados. Como la puerta de tu edificio.

Tenía trece años, y la comunidad donde vivía se destacaba por recordar la Caracas de antaño, donde la cuadra se reunía los viernes y sábados por la noche para compartir, chismosear, jugar las partiditas de dominó y escuchar música. ¡Oh la música! Por lo general ese espacio se dividía entre los horarios que dan las responsabilidades: los más chamos a las 6 pm debían subir. Los no tan chamos, seguían hasta las barreras que coloca la noche. Fue en ese momento, por las paredes de mi cuarto y las columnas del edificio, que se coló la Estopa de nuestras vidas. Nunca he sido partidario de los fanatismos, y mucho menos de las “fans enamoradas”. Creo que la personalidad se define mediante tus logros personales, y no emulando los de otros. Sin embargo, existen ciertas voces que llegan a las masas, y dejan mensajes encriptados en nuestro subconsciente. Entre los humanos, sabemos reconocer los que son parecidos a nosotros.

Una rumbita, un flamenquito, una raja de tu falda y por qué no, un vino tinto. Se vuelven parte de un transitar diario. Son tonadas que hacen feliz a la gente, y poseen poderes enigmáticos sobre los seres humanos. Comprendemos que sin la música, todo sería más gris y solitario. Admito que me eché mi primer guayabo con “tan solo”, mi primera borrachera con “nasío pa’ la alegría” y dediqué sin tapujos “tragicomedia” a uno de los amores de mi vida. Parte de mi soundtrack suena a cajón, guitarra y castañuelas. Nace entonces la oportunidad que dan las redes sociales, la inmediatez que te permite el internet, y lo promisorio que resulta la comunicación vía Web. Con las energías de trabajar porque Cataluña estuviera más cerca de mi país, nació “Estopa en Venezuela”.

Hay que admitir que desde un principio, el proceso fue lento y algo tedioso. Como todo en este mundo, las máquinas sociales deben ser muy bien engranadas para que den los resultados deseados. Poco a poco se fueron construyendo las bases de un grupo que se ha transformado en la curiosidad de miles (para ser exacto, un par de miles) Y es que la música une corazones, forja amistades y mantiene el alma en movimiento. Con el olor a tapas, y el retorno de la Madre Patria, se instalaron las presentaciones nacionales. Es justo mencionar que nada en nuestro recorrer, es como lo pintan en las novelas románticas. Siempre hay que mantener los pies sobre la tierra, y reconocer que muchas cosas no son lo que parecen, sin embargo se mantiene lo esencial, la trama de todo este cuento: la música. Ese par de horas que trasladan los sentidos al nirvana, que activan las hormonas de recreación y nos hacen olvidar los problemas por un pequeño momento. Desde la primera nota que suena, hasta que se hace la despedida. Viajamos a otra dimensión, donde las calles están compuestas por arpegios y las carreteras danzan al ritmo de la tonada.

Si bien Mozart se murió hace tiempo, el sentimiento sigue siendo el mismo. Pasa por un “perreo”, un vallenato, una ópera, un merenguito o el punk rock. La música evoluciona para seguir consintiendo nuestros placeres, y mostrarnos los altibajos de la realidad.

Jefferson Díaz.

domingo, octubre 24, 2010

PODER


¿Quién no quiere poder? Nadie, absolutamente, nadie. Dentro de los instintos humanos, está de primero la supervivencia del individuo. Es por eso que a través de nuestra historia, hemos potenciado la necesidad de destacar sobre la sociedad para garantizar el mejor desarrollo. Es el poder, en sus diferentes formas: político, social, económico, cultural, entre muchas; que nos llama cuando tenemos la capacidad y habilidad necesaria. Sin embargo, no todos son capaces de alcanzar esa potencialidad, es improbable que un conjunto superior a unos centenares de individuos, por generación, logren involucrarse globalmente con la conciencia de un planeta que funciona bajo el mando de líderes elegidos, y que buscaron esa posición.

Qué incidimos con estas primeras líneas: todos somos capaces de lograr grandes cosas, pero muy pocos se atreven. Si observamos con detenimiento el ambiente donde nos desarrollamos, notaremos que existen ciertos prejuicios y tapaderas, que no dejan recorrer el camino esperado con todas nuestras fuerzas. Por ejemplo: si usted desea ser el mejor jugador de béisbol, no lo logrará eligiendo una carrera científica. Desde la edad en que somos conscientes de nuestras decisiones, se debe enfocar la mente en la materialización de las ideas. Cuando la oportunidad dice su nombre, no la ignore, y persiga esa consignación del éxito que puede convertirse en realidad. Sonará a libro de auto ayuda (lectura que personalmente detesto) pero las metas se alcanzan con la inteligencia de la acción. No seas una mosca sobre la pared, convierte en el mata moscas. De allí viene el poder de tus elecciones, y cómo podrán influir en los demás. Quizá no es conveniente sermonear, menos aún una personas que ha dejado muchas cosas por terminar, pero mientras leen estas líneas, sepan que la creación de textos, es mi principal poder.

Es cuando entramos en la etapa de reconocimiento y aplicación. Todos sabemos que la vida no es como la pintan en las películas. Repetir ese mensaje bordea lo cliché, pero también, ustedes saben, que el humano es imperfecto y necesita que las cosas se las digan dos veces. Por lo que soy fiel creyente que cambiando ciertas actitudes, poco a poco, se logran los objetivos. A muchos les sorprenderá que escriba mis mensajes de texto sin errores ortográficos, que la amabilidad y respeto sea una constante hacia las personas que recién conozco y con las que tengo años compartiendo, que el pensamiento filosófico sea mi vocabulario y el conocimiento mi verbo (el poco que tengo, hasta los momentos) Son pequeñas victorias que he adaptado a un sistema de vida. Un engranaje que sigue lleno de errores, pero que se ajusta ante los lanzamientos que me hace la existencia. Es allí donde todos debemos conocer la tierra que pisamos, y lo que podemos obtener a mediano y largo plazo. Entender nuestra personalidad, la fortaleza mental y física que tenemos, para aplicarla a nuestro día a día.

Una vez logrado éste paso, nos ponemos en marcha. Hay dos vías: la fácil y la difícil. Así de sencillo. La fácil es la que todos eligen –qué sorpresa, ¿verdad?- donde obtener el poder se basa en el amedrentamiento y miedo de una sociedad. Nos volvemos poderosos de la noche a la mañana, vociferando discursos encartonados con lo que la gente quiere oír. Somos inteligentes, de eso no hay duda, pero bailamos sobre un hielo muy frágil, que se agrieta ante los cambios de humor de una manada ignorante y sin razón. Sabemos lo que les dueles, lo que les hace falta y lo ofrecemos en pequeñas cuotas. Como la prostituta que dice: “te quiero” a cada cliente. Así es la vía sencilla: simple y coordinada con el estudio de un conglomerado que perdió el rumbo hace tiempo. El poder nos llega y debemos mantenerlo a todo costo, nuestro legado será un salvajismo faltante de ideas u opiniones. Todos sabemos que el mundo está minado de estos ejemplos, que nunca cesarán y que siempre estarán presentes. En términos románticos: una lucha entre el bien y el mal.

Pero ahora, ¿qué es lo bueno? Para muchos, lo aceptable está dentro de la vía difícil, donde el estudio, la comprensión de las leyes, el conocimiento de lo racional y la aplicación del debate bordean la utopía de una sociedad que aún no se construye. No me mal interpreten, en lo personal creo que este es el camino correcto. Un poco desgraciado, pero correcto. En parte, empieza desde el núcleo, de esa semilla que nos lanza a relacionarnos con el mundo por primera vez: nuestra familia. Un concepto escolar nos dice que es: “el centro de la sociedad”, sin estar alejado de la verdad. Si nacemos dentro de la violencia, tomaremos el poder por la violencia. O si la opción es una crianza con lo ostentoso, pues no tendremos muchos problemas para creernos la última Coca Cola del desierto. De allí viene la razón y causa. Entonces tomemos la metáfora de la hormiga, que cargando cinco veces su peso, obtiene lo mejor para su hormiguero. ¿Será reina algún día? No, no cuenten con ello.

Aquí es donde la cosa se pone interesante. El poder no se vende, pero si se puede comprar. ¿Con qué? Con curriculum. Sí, no les miento, con curriculum. Pero no esa hojita de papel que todos conocemos, donde alabamos nuestras destrezas, mentimos un poco sobre nuestros logros y exaltamos la personalidad. Conozco a unos cuantos con masters en Harvard, que ahora se dedican a vender donas o hallacas. Les habló de la hoja de vida picaresca, de cómo su verdadera inteligencia será la garante de su poder. Todos recuerdan a Einstein, ese renombrado físico que generó la teoría de la relatividad, cuanto está bien documentado que de joven, no era muy bueno con los números. Y qué me dicen de Gates, ese muchacho que dentro de su garaje levantó Microsoft, sin preocuparse por el resto del mundo. Son ejemplos de personalidades que saltaron lo obvio, para ir hasta una cuarta dimensión de pensamiento. Por supuesto, no todos tenemos las capacidades de ser astro físico o genios de la computación, sin embargo al reconocer (verdaderamente) tu persona, sabrás para lo que eres bueno. Recuerda el poder no te da fama, te construye un legado.

¿Por qué esa necesidad de ser poderosos? Porqué desde que el mundo es mundo, hemos adorado el ego y al personaje. Pasando por nuestro próceres (a quienes les construimos panteones) hasta presidentes que ponemos en nuestros billetes. El culto a la persona es uno de los placeres que busca el hombre. No se mientan, reconozcan que nos gusta ser reconocido por nuestros éxitos. Y si es a nivel global, mucho mejor. Es la sensación de que nuestro verbo será el que conduzca las decisiones de la humanidad. Un trabajo, excepcionalmente grande, que se puede obtener pero muy pocos pueden mantener. Y es que hay que tener en cuenta lo que le dicen a Spider-Man (no, no me volví loco) esa frase que abarca todo lo que aquí se escribe: “con gran poder, viene una gran responsabilidad”. No importa que seas el más fuerte, la más sexy, el más culto o nadando en fortuna. Si usted no somete su vida a una balanza donde lo justo y lo correcto estén al mismo nivel, vivirás siempre en un acertijo de decisiones. Si no me creen, observen a las Naciones Unidas. ¡Salud!

Jefferson Díaz

sábado, septiembre 18, 2010

Carta a la Soledad



Saludos,

teníamos tiempo sin hablar, sin embargo, creo que es hora de aclarar algunos puntos porque no aguanto más. Esta carta será una mezcla entre: déjame reír para no llorar, y análisis a profundidad de por qué me sigues fastidiando la vida. La unión de Graterolacho y Freud. Tus constantes cambios de humor me tienen verde, además me están dejando calvo. Tanto, que estoy seguro qué cuando entre al templo, los monjes tibetanos no tendrán necesidad de mandarme a afeitar la cabeza. Desde que montaste franquicia en mi habitación, este negocio no está resultando. Tú obtienes ganancias con altos intereses, mientras yo me tengo que conformar con los Bonos del Sur. ¡Tú si eres cara dura vale!

Empecemos entonces, a enumerar eso que no me pasa del cogote. Primero, tienes que dejarme dormir. Es en serio. Creo que no tengo una noche libre de ti, desde bachillerato. No podemos seguir en estas. Muy pronto tendré que optar por darme con un bate en el coco para conciliar el sueño, la “solución de los dibujos animados” le llamo. Porque yo seré el conejo que saca de la almohada la mandarria, para después ver los pajaritos volando. Ya de nada sirve contar ovejitas, la leche tibia (sabes lo mucho que detesto eso) y los ejercicios de respiración. Al carajo se fueron los calmantes y lanzarme dos horas observando el canal del estado. Ninguna de esas opciones me lleva a los brazos de Morfeo. Tengo que escucharte bailando salsa en mi cerebro, y tus insaciables borracheras cuando sales con el corazón roto. De pana chama, ya está buena la vaina. Pienso que debes empezar recogiendo tus mancudales, e ir buscando otros ambientes de negociación.

Lo otro, deja los prejuicios y el saboteo. Lo sé, lo sé, no soy ningún adonis bajado del monte Olimpo. Mis ascendencias orientales y de la mitad del mundo se han marcado en mi rostro. Pero déjame decirte, como te lo he repetido miles de veces, que estoy muy orgulloso de eso. Así que no pienso gastar ni medio, escúchame bien, ni medio, en gimnasios, dietas, proteínas levanta músculos o cualquier otro aparato que te infla el ego pero te empequeñece la hombría. Ahora bien, por cuestiones de salud, puedo aceptar tu insistencia y disminuir los consumos de arepas durante las noches. No dejar que los controles del Nintendo lleven polvo, y así sea en el mundo virtual, lanzarme unas partidas a lo Nadal o Federer. Podré soltar algunos kilitos, en especial del parachoques trasero, pero no esperes que protagonice una película de acción. Me tienes harto que en cada intento de acompañar al amor, me vengas a cagar la jaula, con algún personaje disfrazado de artista, romance perdido, segunda oportunidad, arrejunte, cambio de opinión o negativismo. Todas esas utopías de hombre perfecto. No pana, a mi me gustan los retos y no me atraen las mujeres brutas. Así que por favor dame algo de chance y no seas lamparita en cada intento de relación que este pobre cristiano intente.

Debes parar con el guayabo, es justo y necesario. Esa melancolía se refleja en nosotros, y como se ve que no tienes ninguna intención de dejarme tranquilo por un buen tiempo. Al menos podemos disimular ¿No te parece? Lee historia de Venezuela y agarra consejo. Haremos como hacían las mantuanas: “los trapos sucios se lavan en la casa” No me importa si te gustan las mujeres de pelo negro, con ojos ámbar y una sonrisa capaz de detener el tránsito. ¡Basta! No está funcionando de esa manera, y permíteme decir la razón: te esfuerzas demasiado. Por estar moqueando las sabanas, dejaste pasar algunas buenas oportunidades, y ahora estamos en un embrollo que tomará tiempo emendar. Es por eso que te recomiendo que corras o te encarames, porque este negrito no pretende seguir siendo tu portaviones. Ni que fuera Chávez. Tu solita debes sacar fuerzas de donde no las hay para ponerle punto final a tanta intensidad. De lo contrario te recomiendo que busques a otro que se cale tus malcriadeces.

Conoces a mi familia, sabes como es el maní en esta casa. Una madre que crió a un caballero y está en proceso con el otro. Es por eso que no permitiré que cambies mi personalidad. Por muchas metidas de pata que, admito, hemos causado juntos. No cambiaré mi forma de ser. La amargura es una de tus amiguitas que se pasea de vez en cuando por estos alrededores. Pues no la quiero ver más, ya de por si tengo que soportarte a ti, no me vengas a meter otro payaso en el escarabajo. Soy un romántico empedernido chica, un hombre que está convencido que la poesía todavía conquista, que una mirada puede más que un roce y que los ramos de flores sin sentimiento, son sólo plantas que arrancaron de la tierra. Más vale una sola rosa, con actitud, que un grupo de pistilos muriendo en la nevera. No me nace ser grosero, obtuso e infantil, aunque sé que en varias ocasiones me has impulsado a eso. Sin embargo me planto firme y te digo que no permitiré que me cambies la tarjeta madre. Seguiré dando tumbos en la oscuridad, pero seré fiel a mis principios.

Para rematar eres una viciosa. Me dejaste el sabor de los cigarros, las pinturas en la piel y el traguito de ron durante las madrugadas. Eso no se hace vale. No sabes que los estudiantes y personas trabajadoras mueren por complacer sus vicios. Te encanta encerrarte con la noche para calmar las ansías de mandarlo todo al carajo, de dejar de creer que todo estará bien. Entonces me haces levantarme por la mañana, trasnochado, buscando esas migajas de cariño. No, hay que dejar de ser conformistas y darnos nuestro lugar. Si bien, el placer fácil se siente como la felicidad eterna. Sólo es una cortina de humo frente a la posibilidad de afrontar tus problemas. Perfecto, ya nos montamos en este barco y los placeres culposos se han arraigado, pero hay fuerza de voluntad carajo. Ha disminuir esos consumos de culpabilidad y dejadez, para cambiarlos por muchas sonrisas y reuniones con los amigos. Claro, el licor correrá. ¿Quién puede llevarle la contraria a Baco? Pero con responsabilidad, como dice el hombre de líneas amarillas, sombrero de copa y que camina sobre un mundo negro.

Te agradezco la realidad que has puesto en mi camino. De lo contrario, hubiera sido difícil entender que las horas pasan mientras seguimos postrados en un espacio. Qué debemos romper las fronteras, fortalecer al corazón y perseguir el éxito. Qué la vastedad del ser humano llega al 1%, dependerá de nosotros obtener el 99% restante. Qué a los 23 años el mundo no se acaba, pero que tampoco se detiene ante tus estupideces. Muchas gracias soledad, has sido una maestra silente en esta universidad de la vida, pero es hora de hacer las pases y dejarme avanzar. Porque no dejaré que me repruebes en el examen de mi paz.

jueves, agosto 26, 2010

El Caminante
“El TODO es mente; el Universo es mental”
El Kybalión.

Un día se detuvo, bajó del carro y comenzó a caminar. El viajero retomó los instintos olvidados, que desde joven lo obligaban a salir de la caja, del encierro, de lo predeterminado. Caminaba entre los seres que se acostumbraron a vivir con dogmas e ideas preanalizadas. Veía como la evolución se había estancado en un proceso de reconocimiento tecnológico, y las posibilidades de agrandar la mente eran enfocadas en un desarrollo al plano destructivo. Por el camino se encontró que la naturaleza dejó de ser parte de la vida para convertirse en parques nacionales, objetos prescindibles y extraña para la condición humana.

Caminaba sin descanso, acorralado por el mundo anárquico que lo vigilaba. Un planeta vivo, pero con una gran enfermedad: la discordia. A través de sus pasos se reconectaba con el mensaje perdido y una verdad irresoluta: así como recibas tienes que dar. Como sean tus actos, serás tratado. Todo está interconectado. El camino le mostraba las irregularidades que se han aceptado como verdades. Hizo abrir sus ojos por primera vez, a pesar de tener una vida de años. El caminar enseñó que sólo usaba sus piernas para desplazarse, y no para avanzar al futuro. Esa acción se convirtió en el renacer de una persona que tenía una misión: transmitir que todo no está escrito, qué las consecuencias no son puntos finales, sino pruebas que nos coloca la vida para seguir adelante. Qué reconocer la imperfección es el primer paso para disfrutar de las perfecciones. El viajero se asombro al ver que el mundo es inmenso, sin la necesidad de pisar tierras lejanas. Que la mente puede abrir un abanico de posibilidades sentado en una plaza. Caminar, seguir andando.

Pasó al lado de catedrales, sinagogas y mezquitas. Conversó con eruditos y campesinos. Miró a los ojos de asesinos y desterrados. Construcciones que salían de la perseverancia de unos pocos que se han atrevido a caminar, barbaridades cometidas por los que tomaron el camino equivocado y teorías invocadas por los que no temen pensar. Pero, ¿conoció lo correcto? ¿Diversificó lo malo de lo bueno? En sus viajes presenció como robar y matar puede ser el destino esperado en muchos países; y una vida de culto y restricciones, ley en otros. Observó que a pesar de la buena intención en sus andares, no son muchos los que están preparados para asumir los retos. Sintió en su piel que la crueldad es una variedad genética que se esparce sin ningún escrúpulo. Fueron los momentos más oscuros del caminante, situaciones que ponen a prueba la fe y perseverancia del que elige la vía iniciática.

Estos viajes se realizan en la soledad. Explorando las entrañas del ser primordial. Estudiando qué es lo que lleva a dos entes compartir un espacio, situación y futuro. Una de las consecuencias del camino es que te desprende de emociones, te convierte en un analítico de la realidad. El dolor no es pasajero, puede durar segundos o décadas. Es una sensación física y mental, siendo la segunda opción la más dolorosa. El amor es una regalía que permite evolucionar en seres de luz, sin embargo puede nublar los sentidos de una razón que está a la vista de todos. Un arma de doble filo. La familia es un compromiso humano, y no se debe desprestigiar su poder. Es una semilla que puede plantar los pinos de la felicidad. Para el caminante el análisis de su entorno no lo salva de la intensidad del descubrimiento. Si bien suprime ciertos raciocinios, cuando llega a su destino, le cae el peso del conocimiento. Y vuelve a sentir.

No es fácil ser un viajero de la evolución. No es fácil que te reconozcan los caballos que viven encerrados en este gran hipódromo llamado Tierra. Los que sueltan las gríngolas pasan de ser animales, a pensantes. Y cuando sueltan los tabúes, pasan de pensantes a potencialidades de la mente. Dentro del morral se carga humildad, firmeza, comprensión, madurez y energía. Se decide que la vastedad de oportunidades no están delimitadas a un espacio, que las herramientas de tu trabajo no se entregan en el alma Mater sino en la renovación de tu humanidad.

Jefferson Díaz

jueves, agosto 19, 2010

Un Click

¿Qué buscamos? Un click. Sí, no estás leyendo mal. Un click.

Ese sonido que nos anuncia que todo cayó en su lugar, la onomatopeya monosílaba que eleva las sensaciones y nos hace caer en el trance de lo real. Un solo click. Son estos momentos los que definen nuestras vidas, las circunstancias que no deben ser confundidas con epifanías. Un click que te refleje el camino correcto ¿Lo has sentido? ¿Todavía lo buscas? Los reconocemos por las virtudes que nos ofrecen: no desilusionarnos por la decisión tomada, el valor que nos dan y la persistencia que nos brindan, para mantener la calma por un buen tiempo. Sí, lo repito de nuevo, un click.

Imagina, cierra los ojos y escucha el click de tu vida. Cuando sabes con certeza que todo va bien, cuando tus dudas no tienen la fortaleza para destruir los pilares de tu determinación, cuando tu locura no se refiere al significado de esa palabra, sino a la acción de vivir. Ese click que te demuestra lo valioso que eres y lo importante que son tus actitudes hacia tus semejantes. Como el canto de un reloj de cuerda. ¡Click! ¡Click! ¡Click! ¡Click! Pasan las horas y debes reconocer tus fortalezas y debilidades, para sortear los silencios predeterminados de la sociedad. No, no es autoayuda. Tampoco ZEN, y mucho menos flores de Bach. Es tomar las riendas de tus pensamientos, dejarte llevar por los instintos y recordar que por ser regentes del mundo, no somos únicos.

Todo click tiene un propósito, aunque al principio suene bien y después te recuerde lo malo. Pensar en lo positivo tiene sus ventajas, pero es de sabios pensar en lo negativo y aprender de eso. Debilitar nuestra capacidad de sorpresa ante situaciones que se pudieron preveer con lógica. Confiar que tener “un millón de amigos” no significa contar con ellos. Como dice el dicho: “en la cárcel y en la enfermedad los reconocerás”, allí los click son más intensos y con mayor determinación. Yo le digo click ¿cómo lo llamas tú? “Se te prendió un bombillo” “Te vino una idea” “Un deja vu” “Un no se qué” como decidas llamarlo, son nuestras entrañas hablando, ese sentido de protección natural que olvidamos a lo largo de los años.

Como el click al martillar un revólver. El click del encendedor. El click cuando le colocas la tapita al control remoto. Sí, ése sonido. Refrescando tus ideas, gritando a los cuatro vientos: “no estás perdido” La ayuda que te hace parar de la cama, olvidar los entuertos de la vida, y recargar las baterías para llegar al final de la carrera. Porque eso es todo, una simple carrera. De resistencia. De obstáculos. Determinada por el ¡click! ¡click! ¡click! del cronómetro. Son también los pasos de los fantasmas de la mediocridad, de la falta de conclusión. Golpes secos que nos rescatan del limbo. Reconoce las señales del amor, aprende de los click del corazón. Esos que te hacen lanzar sin paracaídas al vacío, y te guían a través de lo que es o no es. No debes menospreciar tu voz a la hora de querer. No dejes que tus inseguridades tomen lo mejor de ti. Sí quieres, hazlo. Si amas, hazlo. Si te abofetean, que sea primera y última. El que controla los click de la vida, controla su destino.

El punto es marcar tu propio ritmo. Determinar tus pasos. Para luego, encontrar el ritmo que compagine contigo. Y así formar la sinfonía de la familia. Una bien engranada máquina, que tendrá el mantenimiento adecuado para subsistir. Conoce lo que eres, comprende tu mentalidad, aprende de lo que estás dispuesto hacer y por sobre todo, sé sincero. Es difícil, lo sabemos, pero hay que intentarlo, por el bien de todos. Esto es una declaración de principios. El manifiesto del click. Así como Botero tuvo a sus gordas, Beethoven su sordera y la Bestia su flor. Yo tengo mi click. Un principio irresoluto y primario. Enamorado de la realidad, y en negociaciones de paz con los sueños. Una energía que fluye de los pies a la cabeza. De lo irracional a lo racional. Del plomo al oro. Es la alquimia que nunca nos enseñaron, y que transforma los tres elementos. Con eso regreso a la música interna, escuchando sin cesar a Edith Piaf, mientras me como una arepa de queso e’ mano. Así es: la personalización de la vida.

Jefferson Diaz

jueves, agosto 05, 2010

Palabras


Son momentos que no se olvidan. Que se quedan con uno hasta el final. Recuerdo que tenía 12 años cuando leí mi primer libro. Cien años de Soledad de Gabriel García Márquez. Lo hice por una asignación de la escuela, y las palabras se impregnaron en mi mente. Y es que había descubierto el mayor beneficio de aprender a leer, me habían dado mi pasaporte para viajar por el mundo, sin la necesidad de comprar un boleto de avión. Eso dio paso a los autores, a las escenas, a la poesía y a las incontables horas de personas que se sentaron frente a un computador, y en algunos casos, frente a una máquina de escribir, para llenar de momentos las repisas de mi biblioteca.

Las palabras son tan importantes como el aire. Así como aprendemos en bachillerato que la química compone al mundo, debemos saber que las palabras componen nuestro conocimiento, desarrollo y futuro. Mucho sabrán que uno de los mayores logros del hombre ha sido la palabra escrita. En esa constante búsqueda de expresión, creamos el alfabeto, las oraciones y las narraciones. Y cuando empezamos a mirar las estrellas, el primer mensaje al universo, fue una placa grabada con expresiones de cómo es nuestro mundo, y los seres que lo habitan. Con las palabras se construye y se evoluciona.

No es cuestión de convertirnos en Cervantes, es entender que nuestro lenguaje puede ser la mejor herramienta para lograr nuestras metas. Seas comerciante, o el próximo ganador del premio Príncipe de Asturias. Las palabras son la gasolina y la luz del camino que se recorre todos los días. Son esos destellos que nos hacen despertar por las noches y los dolores de cabeza que a veces no nos dejan. Por mi parte, desde que concluí la vida de los Buendía recurro a páginas en blanco, a los lápices y a las ideas. Para llenar los intentos de convencerme que hay talento. Son cuadernos y libretas que ocupan un sitial de honor dentro de las cajas que sostienen mi cama; ideas recicladas que pasaron y nunca se fueron. Son los mecanismos de distracción, los elementos de persuasión y las razones para enamorar.

Qué buen desahogo representan las palabras. Una envidia agradable hacia los maestros en la materia. Y una gran admiración por los que toman la filología como estilo de vida. Enterarte qué nosocomio, es la palabra griega para hospital; qué hecatombe significa sacrificar mil bueyes; y reafirmar qué el español es el idioma más amplio que existe. Todo un lujo poder hablarlo y estudiarlo. Es por eso que agradezco vivir de lo que escribo. Quizá no por desarrollo artístico sino por pautas establecidas a diario. Quizá no por relatar los viajes de mis neuronas sino una realidad que se siente en las calles. Pero es una meta cumplida vivir de lo que amas. Siento que nací para ser reportero, pero desde el útero siento que soy escritor. Cuando encuentras un espacio cómodo que te protege de las malas energías (sí, seamos holísticos por un momento) así me siento yo frente a una hoja en blanco. Sea bueno, sea mediocre, sea exitoso el resultado. Aceptar que estás haciendo lo que debes hacer, es todo un compromiso. ¿Por qué? Porque ahora debes ser el mejor en lo que haces. Qué las palabras han trazado un camino que debes recorrer sin poner peros.

A ti lector, para ti son estas palabras. Esta defensa de qué lo escrito, nunca morirá. A pesar de las notas de voz y de las lindas videoconferencias. Para que recuerdes lo sabroso que se siente escribir una carta con lápiz de grafito. Para que te imagines la cara de tu amor, cuado le dejas notitas expresando lo mucho que amas. Para que sepas que todavía se aprende a escribir y a leer con la magia de la palabra escrita. Son procesos que nunca nos dejarán de asombrar y que representan el mundo que nos rodea. Son mis palabras, las que lees ahora, que te llevan a apagar tu computadora, cambiar de página o a seguir escribiendo. ¡Vamos lánzate al abismo conmigo!

Jefferson Díaz

viernes, julio 09, 2010

Yo quiero una como la Jolie


Hablemos con sinceridad. A esta edad, ¿qué sabemos del amor? Nada, absolutamente nada. Vivimos dando tumbos en un camino empedrado con la metas que ya nos predispone la sociedad. ¿Muy filosófico para ti? Entonces apartemos los tapujos y pongamos los naipes sobre la mesa. Conseguir lo ideal es una fantasía, un concepto generado por las compañías que hacen las tarjetas de aniversario, cumpleaños y cuanta fecha festiva exista. Si los terroristas fueran inteligentes, colocarían una bomba en la sede principal de Hallmark; allí sí que son especialistas en meterle mentiras a la gente. Pero, volviendo al tema, cómo sabemos si debemos arriesgarnos o dar un paso atrás para que el destino haga el resto. No lo sabemos, es condenadamente difícil, lo que nos queda es trabajar con lo que tenemos y esperar por un buen resultado.

Como ya lo sabes, somos humanos. Vidas orgánicas que se pueden dañar fácilmente. Nos afecta el frío, el calor y las balas volando sobre nuestras cabezas. Aunque el daño mayor lo provocan las emociones. Esa imagen, ya cliché, de tener el corazón roto en mil pedazos porqué a alguien se le antojo revolvernos las entrañas. Y nosotros desprevenidos, caímos en la trampa. Se ha comprobado científicamente que cuando uno se enamora, no piensa. No razona. No mide sus consecuencias. Propongo al Ministerio de Interior y Justicia que en estos casos, revoque licencias de conducir, portes de armas y licencias para practicar medicina (¿en Venezuela existe eso?) porque somos personas peligrosas. Además, las tazas de cursilería suben al cielo, y se empieza con la regaladera de chocolates (plata para los suizos) y de flores (alimentamos a los floricultores de Galipán)

¿Amargado yo? Por favor, lo que hago es puntualizar lo obvio. Para enamorarse hay que tener conocimientos de administración de empresas, psicología y defensa personal (ustedes saben, para cuando nos tiren un jarrón por la cabeza cuando nos portamos mal) es por eso que en las universidades deberían hacer cátedras de honor sobre el tema, e invitar a personas como Isabella Santo Domingo (por eso de que al parecer nosotros las preferimos brutas) o a Gabriel García Márquez, quien a través de años de experiencia literaria, ha acertado en muchas cosas del amor. Podríamos nombrar a muchas personas, pero el punto es que quiero que nos digan: ¿qué carajo estamos haciendo mal? ¿Por qué las tasas de divorcios son más altas que la de matrimonios? ¿Por qué las relaciones más exitosas son las que no colocan etiquetas? y ¡demonios! ¿Por qué un vampiro que brilla genera más emociones que un hombre realmente enamorado de su mujer? Es que acaso la gente se volvió loca.

Quizá me ahogo en un vaso de agua, como lo dije al principio, qué sabemos a esta edad. Nada. Sin embargo buscas a los sabios de la cosa, y ellos parecen más perdidos que tú. Unos cuantos divorcios por allá, tres de ellos muy peleados y con coñazas incluidas en la corte. Tripones regados por todos los puntos geográficos, como si estuviéramos marcando el territorio. Y el machismo con el feminismo, en vez de quedar como teorías irresolutas, han ganado terreno (algo así como el comunismo) No pasan de moda los rones para ahogar las penas. Las llamadas inoportunas durante la madrugada para declarar nuestro amor, que pueden terminar en órdenes judiciales para que dejemos la ladilla. Y sigue, por los clavos de Cristo, las cancioncitas melosas que nos hacen recordar: “a la perra esa”. Ojala, y estuviera hablando de la linda poodle que tiene en la casa, pero no. El cerebro es una vaina arrecha, y lo peor es que no podemos resetearlo.

Cuando consiga a ese dichoso príncipe azul, lo voy a moler a coñazos. Hablo en serio. O de repente me voy para los estudios Disney y presento una queja formal por años y años de películas que mostraban a ese amor maravilloso e irreal, con la frasecita: “happily ever after” Vivimos dentro de una burbuja, hasta que nos damos cuenta, a veces demasiado tarde, que el amor se tira peos, se enferma, fuma, se rasca, es caprichoso, no cocina, no plancha y casi nunca, asegura gran química en la cama. Son esas cosas que no escriben en la parte de atrás de los Digital Video Disc (o DVD) para describir a las películas de amor. Es por eso que ahora tenemos excelentes profesionales, grandes avances tecnológicos, curas para las enfermedades y resoluciones sociales. ¿Por qué? Porque nadie en su sano juicio quiere perder su tiempo buscando algo que no se encuentra.

Ok, ok, quizá estoy exagerando un poco. Drenar con las palabras es maravilloso. Sin embargo esto es lo que yo creo. Primero, y no me canso de repetirlo, no significa no. En todos los idiomas. Así que usted no busque ser Miguel de Cervantes y cambiar el lenguaje. Al oír esa palabra limítese. Segundo: la verdad. Admito que yo no soy buen ejemplo de eso (me ha costado) pero evitará malos ratos. Amigos, son amigos. Amigos con derecho, da título a algunas revolcaditas (pero que queden los términos bien claros por favor) Novios, todo lo que eso implica. Pareja, ahora usted va camino a enseriarse. Esposos, asuma su barranco con responsabilidad. Debe saber en lo que se está metiendo, antes de aceptar cualquiera de estas premisas. Tercero, una cosa es ser romántico y otra un obsesionado rayando en asesino de “Sé lo que hiciste el verano pasado”. Cuando usted insista, tantee el terreno, si está 100% seguro de que trabajando la conquista puede obtener resultados, échele pichón. De lo contrario, quédate quieto.

Cuarto: mas vale una dama y un caballero, a ser un patán. Las cosas se empiezan hablando y terminan de la misma manera. Nada de malcriadeces e insultos. Acuérdate que tu madre es mujer. Quinto, y más importante, si después de pasar por tantas locuras y pruebas sabes que estás enamorado. Y la cosa es reciproca. ¡NO LA CAGUES! REPITO ¡NO LA CAGUES! Mantén tus principios, no cambies para ser aceptado y ama como quieres que te amen. Así podremos medianamente salvar a la humanidad.

Jefferson Díaz.

jueves, julio 08, 2010

Hablemos de Periodismo

Un viejito saca su silla debajo del escritorio, conecta la máquina de escribir y enciende un cigarrillo. Son las dos y media de la mañana, y las ganas de escribir pueden más que el sueño. Bocanada a bocanada, salen las ideas de lo que será su reportaje. Con el clic, clac de las teclas y el repiqueteo de la cinta transportadora, se sumerge en el oficio del periodista. Sí, el mejor oficio del mundo. El que te da batallas para luchar, éxitos que disfrutar y muchos dolores de cabeza. Algo que se hace por vocación, o no se hace.

Han pasado varios días desde que en Venezuela se celebró el día del Periodista. Desconectado, entre comillas y subrayado, del acontecer nacional. No tuve chance de escribir acerca del camino que he tomado y de lo que significa ejercer esta profesión en nuestro país. Y es que son muchas las versionas y divergencias que han surgido alrededor de la noticia. Entorno a lo que significa decir la verdad y construir los eventos que acontecen día a día. Es a través de las experiencias, que uno va forjando una idea de lo que se hace dentro de la redacción de un periódico, del canal de televisión y en las cabinas de transmisión. Así, desnudaremos el misticismo que rodea a los mal llamados comunicadores sociales.

Primero, todos somos comunicadores sociales. Es algo innato en el ser humano. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos comunicando ideas, transmitiendo acontecimientos y narrando historias. Es parte de nuestro ser. Sin embargo, somos nosotros, los “profesionales”, los que sabemos interpretar esos códigos y símbolos, para plasmarlos en papel o en video. ¿Por qué coloco entre comillas la palabra profesionales? Porque más allá del título que nos dan en la universidad, el profesionalismo de un periodista viene ligado con respetar ciertas normas y compromisos que se van adquiriendo en el trabajo. No me malinterpreten, es de suma importancia lo que se aprende en el aula, pero la sustancia de la noticia se adquiere cuando sales a la calle a buscar la información.

No, no estoy sermoneando a nadie. Apenas son dos años frente a una diagramación en blanco, que se tiene que llenar antes de las cinco de la tarde. Sin embargo, y por este motivo, he descuidado ciertos aspectos académicos. La enseñanza ha sido tan nutritiva como la de un recién nacido cuando se alimenta de la teta de la madre. Bonita imagen ¿o no? Son esas situaciones, donde tienes que mojarte de pies a cabeza para cubrir los destrozos que dejaron las lluvias, armarte de valor para no devolver el desayuno cuando vas a la morgue o convertirte en el mejor diplomático de todos, cuando los políticos te mienten descaradamente, por las que elegí hacer lo que hago. Claro, hay ciertos aspectos que vienen ligados con el título de periodista. Me acuerdo de una profesora en quinto semestre que nos decía que nosotros siempre seremos buscados para conseguir información. Obvio, pero ¿por qué? Porque tenemos conocimiento de todo. Bueno, yo no inventé el juego Reto al Conocimiento o ¿Quién quiere ser millonario? para saberlo todo. Sin embargo, hay una verdad muy grande dentro de esa afirmación. Nunca, y quiero decir nunca, un periodista debe estar desprevenido a lo que pasa en su entorno.

También está el asunto del poder. Ese poder que tanto atrae a las personas, las seduce y las lleva a comete actos que precisamente, no están avalados por el Código de Ética del Periodismo Venezolano. Son esas tentaciones por cambiar una frase, disfrazar una oración, desviar la atención de un párrafo o hacerse de la vista gorda ante una fuente confiable. ¿Para qué? Para ser los primeros en recibir nuestra cuota de poder cuando se empiecen a pagar los favores recibidos. Si es que alguna vez se pagan.
Nuestro bolígrafo es la mayor arma en una sociedad que a gritos está buscando algo o alguien que los guíe. Es por eso que en cada palabra que sale de nuestro computador, va una carga de energía capaz de resolver un problema o hacerlo más grande.

Dentro del periodismo hay lugar para todo: egocentrismos, corrupción, mentiras, intereses, malicia y unos cuantos calificativos que no son parte del premio a la persona más simpática. Es por eso, y con pies ligeros como pluma pero dedos afilados como aguijones de abeja (muchas gracias por eso Cassius Clay) que la noticia debe transformarse en un agente de cambio. No en un simple método de lleva y trae de la información. Qué en cada uno de nuestros escritos esté la carga suficiente como para mover los cimientos de nuestro entorno. Pasar del periodismo de denuncias, al periodismo de investigación. Bien lo decía Ryszard Kapuscinsk: “los cínicos no sirven para este oficio”, así que a agarrar baterías nuevas y dejar de ser agentes pasivos. Es cierto que una persona no hace la diferencia, pero una persona sí puede desencadenar el efecto dómino hacia la meta buscada.

Por mi parte, aún me falta caer del nido. Conseguir esa licenciatura que me abra las puertas a una colegiatura, a pelear en un sindicato (yo y mis peleas) y a ejercer en Caracas. En mi ciudad. A descubrirla como debe ser. A saber diferenciar los factores de poder, que manejan los hilos del periodismo nacional. A reconocer las habilidades de los colegas y de los que sólo buscan construir una reputación a base de “favorcitos”. A tener de mantra que lo único que importa en esta vida es mi nombre. Sí, mi nombre será la carta de presentación cuando dentro de muchos años sea como ese viejito, en mi casa, encendiendo la máquina de escribir (a la vieja escuela) y plasme la sabiduría que te da saber que has hecho un buen trabajo.

Jefferson Díaz

miércoles, julio 07, 2010

Diez años


Podría empezar diciendo que la amistad, según el diccionario de la Real Academia Española, es: “un afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato” Sin embargo, nunca me ha gustado ser alguien con definiciones cuadradas, y lo que no sé, me lo invento. Es por eso qué, después de pasar 14 días como un extranjero en mi ciudad, fue gratificante reencontrarse con la familia. Con esa familia que uno escoge, que se cultiva con el pasar de los días, y que a pesar de esos tiempos a distancia, se mantiene unida.

Empecemos las matemáticas entonces, contemos del uno al diez, y que cada uno de esos números nos recuerde los años vividos, las experiencias acumuladas, las peleas, los amores correspondidos, y los no correspondidos también. Dejemos por un momento las obligaciones que nos da la madurez, y hagamos una remembranza de nuestras elecciones. De por qué decidimos ser amigos. Sonará un poco cursi y sacado de novela rosa, pero las emociones funcionan de esa manera, nos guste o no. Y es que más allá de los nuevos escenarios, y los conocimientos adquiridos, las bases fundamentales de nuestro desarrollo social las construimos juntos. Con las fiestas, las reuniones, los apretones de mano, los abrazos, las felicitaciones y los insultos; conformamos un grupo de ensayo y error para salir al ruedo del mundo. Ahora, nos sentamos relajados, alrededor de una mesa, a jugar póquer (recién aprendimos) mirando nuestras caras y reconociendo nuestros éxitos, errores y posibles futuros. La confianza es algo que da asco, pero es una herramienta útil para mantener las vigas de este edificio en el que todos vivimos.

Aún recuerdo a las recién llegadas (lo digo con mucho cariño) a este círculo donde ya unos cuantos se conocen desde edad preescolar. Como se formo un trío de niñas, que pasaron a ser adolescentes, y ahora son hermosas mujeres. De cómo los niños, pasamos a la inmadurez, continuamos por ese camino un buen rato y ahora nos proponemos metas y caminos al altar. De cómo este grupo ha crecido, ha disminuido y ha vuelto ha crecer. Quizá no en cantidad, sino en calidad. Nuestras tradiciones se han vuelto parte de nuestras vidas, y a estas alturas podemos decir que las navidades siempre serán un punto de reencuentro, un punto de salida para recordar los años en el colegio ubicado en la avenida Fuerzas Armadas, de las aventuras universitarias y del aprendizaje que nos dejaron nuevas personas y otras fronteras.

Son diez años. Una década donde todos nos conocimos. Y donde se nos dijo que aún falta mucho camino por recorrer. Porque es una verdad científica, que uno nunca termina de conocer a las personas. ¡Qué lo diga Freud! Sin embargo, estoy seguro de algo: en las buenas, en las malas, en las maduras, en las verdes, en los momentos de alegría y tristeza. Siempre seremos pilares de apoyo. Lo digo con total responsabilidad y credibilidad, entre nosotros hay un camino seguro. Por eso, dejemos a un lado las penas y las falsas modestias. Reconoceremos tus logros, y te apoyaremos en tus caídas. Somos una casa que puede pasar meses vacía, pero siempre abrirá sus puertas para recibir a los que ayudaron a construirla. A los amigos pródigos, que se imprimieron en los corazones (jajajaja ¿cómo te quedó el ojo Stephenie Meyer?)

Es así que entre consultorios odontológicos, compañías de recursos humanos, sets de producción, puertos marítimos, libros de ingeniería, planos de arquitectura y frente a este computador con una página en blanco, se recordará a los panas. Se harán las preguntas obvias: ¿quién se casará primero? ¿quién tendrá hijos primero? ¿se quedará en el país? ¿estarán bien? Interrogantes que se pueden resolver levantando el teléfono. Reportando la situación, trabajando como un pelotón que lucha por mantener los momentos de joda, de felicidad y de crecimiento. Admiro sus destrezas, sus ganas de echarle un camión a la vida, y por sobre todo le agradezco a Dios y a sus semejantes, que me los haya puesto en mi camino. ¡Salud y prosperidad para todos! Se les quiere.