miércoles, febrero 17, 2010

Tres días en New York

En esta época, y por motivos sentimentales, me acuerdo de la “Gran Manzana”. Nuestro encuentro fue breve pero con peso. Fue durante el 2006 que pude pasar tres días en esa ciudad, una metrópolis que muy bien se ha ganado el título de: capital del Mundo. Sin embargo, y como buen venezolano, uno tiende a ejemplificar sus viajes como si hubiera ido a Upata o a Tucupita, porque las experiencias que me quedaron de aquel viaje nunca se me olvidarán. Con buena compañía, y a punta de gasolina a pedal me lancé a la “aventura”.

Primer paso, llegar hasta allá. Para eso tomé un autobús desde Boston hasta NYC, el boleto fue relativamente económico, 35 dólares por un viaje de dos horas. Es como ir de Caracas a Valencia, con marcadas diferencias claro está. Confieso que sentí una sensación, muy turista para mi gusto pero hay que admitir que era un “turista”, al montarme en un autobús de Greyhound. Siempre vemos en las películas como dicho transporte nos muestra una versión country y rural de un país lleno de variopintos paisajes. Pues para serles sinceros lo único que yo vi durante el recorrido fueron dos praderas e industrias por montón. Podríamos decir que el primer paso no tuvo nada del otro mundo. La llegada fue otra cosa.

Puedo pecar de ignorante funcional, pero nunca me imaginé que mí llegada a la ciudad estaría marcado por una de las zonas más emblemáticas de NYC: Harlem. Son muchas cosas que se dicen de esta comunidad, siempre me acuerdo de la película Duro de Matar III, donde John Mclane se las ve “negras” cuando decide jugar al racista en este barrio. Podrán imaginar entonces, que cuando noté que llegue al Terminal de Harlem, me armé de mis mejores tácticas de prevención, como si estuviera llegando al Terminal de La Bandera o algo por el estilo. Pues, nada que ver, uno peca a veces de prejuicioso e inculto. Miembros de atención al cliente me ayudaron a tomar un taxi hasta mi destino. Quizás no pude ver el “ghetto” en su máximo esplendor, pero estoy seguro que está allí.

Llevaba tres maletas, pero me sentía como viejita saliendo de una liquidación de Graffiti, cargado de bolsas. Debe ser que en el instante que pisas New York, la energía de la ciudad te consume por completo. Éste lugar no está hecho para todos. Cabe destacar que los taxistas no te ayudan a cargar el equipaje en la maleta del carro, tan sólo se paran a un lado de la acera y te oprimen el botoncito del compartimiento trasero para que metas tus vainas. Y después te piden propina, ¡no me jodas! Antes del periplo, con tres amigos, habíamos cuadrado el hospedaje. Mis compañeros de viaje llegaron antes a la ciudad, porque se fueron en avión. Por lo que esperarían mi llegada al hotel, para hacer el check in. Me encontraba entonces sumergido en el tráfico newyorkino. ¡Welcome to the Big Apple!

¡Aquí no tenemos ninguna reservación bajo ese nombre, la agencia de reserva cambio su hotel! Me decía una negrita muy amable en la recepción, mientras yo, con la cara sudada, como si hubiera escapado de seis malandros en Capitolio, llegaba a registrarme. Cabe destacar que no di propina al taxista, y le pedí recibo, para arrecharlo más.

Así me enteré que las agencias de reservación de las grandes hoteleras pueden cambiar la locación de tu hotel, sin previo aviso, cuando hay una sobre venta de las habitaciones de tu destino original. ¡Maldición! Ya me tocó quedarme en Central Park en un banquito, muy al estilo de la canción de Ricardo Arjona “Un Caribe en Nueva York”, que pintoresco. Pero la recepcionista me anotó la dirección del nuevo hotel, llamó para avisar que iba en camino y me llamó un taxi. Qué bien se siente cuando al visitante lo tratan con gentileza. Vuelvo entonces a montarte en otro taxi.

Puedo resumir que al final llegue al nuevo hotel. Donde un joven nos registró sin inconvenientes, a pesar de las mentadas de madre que hicimos a Cadivi por las tarjetas de crédito que no querían pasar. ¡Ajá! Ciudad que nunca duerme, voy por ti. Me quedé a unas cuatro cuadras del Times Square, por lo que fue visita obligada. No faltó el Empire State Building, el Museo Metropolitano de Arte, la caminata por la Quinta Avenida donde en las tiendas Gucci y Armani te tratan como a un Rey. Con cafecito o té para su gusto. ¡San Ignacio, Sambil, aprendan coño! Poco a poco esta ciudad te va consumiendo, la energía de sus estructuras, la velocidad de su vida, te obliga a que te acostumbres o salgas corriendo. Me comí unos perros calientes en Grey’s Papaya, un shawarma picante que me preparó un paquistaní que se coloca todos los días diagonal a la tienda de Disney. Cando el pana (sí nosotros los venezolanos le decimos pana a todo el mundo) me dijo que en total eran 16 dólares, incluido un refresco en lata, me miró con cara de regateo. No chamo, tranquilo, yo te pago tu vaina. No me voy a poner pichirre pues. Además que el alimento estuvo muy bueno.

Quedaron muchas cosas por conocer, un viernes, sábado y domingo, no son suficientes para conocer New York. Además que una amiga se enfermó y me tocó velar por ella (Beatriz sabes que te aprecio jejeje) ¡Ahhh! Traté de “rumbear” para conocer la movida nocturna de la ciudad, pero me rebotaron por no tener 21 años. Termine en una cafetería tomando Coca Cola y comiendo hamburguesa a las 2 de la mañana. De vuelta al aeropuerto me trataron como si llevará una bomba entre los dedos del pie, entiendo que la seguridad por estos lares es suprema, y más si tienes cara de árabe como dicen por allí que cargo yo. Nuevamente, el taxista que me llevó al JFK, me pidió propina. ¡No pana, no, ayúdame con las maletas! Mientras esperaba el vuelo a Minneapolis, me prometí que volvería y esta vez el combate duraría más. Por cierto, sólo me tomé una foto. ¡Fuck!

Jefferson

2 comentarios:

Pulgamamá dijo...

Cuando empeze a leer crei q habias venido hace poco ya ya te iba a reclamar por no contactarme. Tienes que volver para tomar mas fotos.
Abrazos!

Jefferson dijo...

Lo haré, tengo pensado volver por septiembre u octubre de este año. Estaremos en contacto. Saludos.